Tu bebé podría estar sufriendo estrés

Tu bebé podría estar sufriendo estrés

Por Vanessa Viveros

 

La palabra estrés es una que escuchamos todo el tiempo y que rara vez asociamos a nuestros hijos. Sin embargo, tu bebé podría estarlo sufriendo.

 

El estrés es la respuesta del organismo ante una situación amenazante. Como reacción, el cerebro libera más cantidad de cortisol y catecolaminas, hormonas que sirven para alertar sobre un peligro potencial.

 

Cuando se segregan en exceso de forma continua, estas hormonas pueden llegar a producir alteraciones físicas, como taquicardia, insomnio, inapetencia o necesidad de comer mucho, y psíquicas, entre las que destacan angustia, agresividad, dificultad para relacionarse y baja autoestima.

 

La vida moderna hace relativamente “normal” que las personas sufran estrés, y los bebés no son la excepción.

 

El doctor Francisco Miguel Tobal, Profesor Titular de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid y quien ha realizado investigaciones sobre el estrés en los bebés, comenta que existen dos categorías de estrés: el eustress (bueno), que es una respuesta ante un estímulo desagradable o “estresante”, que se termina cuando se resuelve el conflicto. Sin embargo, aquellos bebés que tienen estrés patológico o ansiedad, llamado distress (malo), sí pueden ver alterada su salud, aunque esto es mucho más raro, ya que un niño bien cuidado, alimentado y querido difícilmente sufrirá este problema.

 

Causas

 

Entre las múltiples causas que pueden producir estrés, podemos destacar las siguientes:

 

– Las condiciones del parto.

– Enfermedad: cólicos del lactante, flatulencia, otitis… enfermedades muy comunes en los bebés.

– Falta de cuidados (pañales húmedos, inseguridad, miedo, etc.).

– Alimentación insuficiente o inadecuada.

– Ambiente familiar problemático (falta de cariño o afecto, discusiones constantes entre los padres, incomunicación, etc.). Los pequeños son hipersensibles al estado emocional de sus progenitores.

– El exceso de estímulos. Luces intensas, ruidos, demasiados cambios de actividad, movimientos bruscos, juegos excesivamente largos… Pueden hacer que los pequeños se desconcierten y se pongan nerviosos.

– La carencia de rutinas. Los bebés necesitan seguir un horario regular de comidas, sueño, baño y paseo. Así pueden anticiparse a lo que va a ocurrir y esto les proporciona una agradable sensación de seguridad.

– Falta de sueño. Si no descansan bastante no reponen fuerzas y el cansancio acaba haciendo mella en ellos, primero en forma de nerviosismo y luego, de estrés.

 

Efectos negativos en la salud

 

Los expertos coinciden en que la ansiedad y el miedo son experiencias humanas universales desde el nacimiento y constituyen uno de los rasgos más relevantes de la personalidad. Pero el estrés patológico puede dar lugar a diferentes enfermedades y problemas de salud.

 

Físicos:

– Disminución del sistema inmune: pérdida de protección frente a enfermedades, mayor número de infecciones y progresión de tumores.

– Deterioro de la función reguladora, hipersensibilidad (mayor tendencia a contraer alergias).

– Alteraciones del aparato digestivo.

– Alteraciones del apetito.

– Trastornos del sueño.

 

Psíquicos:

– Disminución de la confianza y de la seguridad en sí mismo.

– Disminución de la capacidad de empatía.

– Bajo estado de ánimo.

– Alteraciones de la memoria (lo que puede repercutir en sus estudios).

 

Según investigaciones realizadas por el doctor Francisco Manuel Tobal, una época prolongada de estrés puede acabar afectando a la memoria y al sistema inmunológico de los pequeños, lo que significa que tanto su capacidad de aprendizaje como su resistencia a las enfermedades se verían mermadas.

 

Por su parte, la psiquiatra infantil María Jesús Mardomingo ha observado que los niños y las niñas manifiestan su estrés de diferentes maneras: mientras que ellas se muestran ansiosas o tristes, ellos adoptan comportamientos agresivos y hostiles con los demás. Curiosamente, estas formas de reaccionar tan dispares van a mantenerse a lo largo de toda la vida.

 

No existen datos sobre la incidencia del estrés en el bebé, aunque sí hay evidencias de que puede estar aumentando en las últimas generaciones debido a distintas causas, como los cambios en el modelo social y familiar, el exceso de exigencia o permisividad y la incomunicación, entre otros. Algunos autores hablan de una tasa de prevalencia del estrés en la población infantil que oscila entre el 9 y el 21%.