De la lactancia materna y sus artimañas

De la lactancia materna y sus artimañas

Antes de ser madres, las mujeres vemos la lactancia como una experiencia de película: nace el bebé, se lo dan a su mamá, ella ofrece el seno, el bebé succiona y todo es paz absoluta. O al menos esa era la única referencia que yo tenía. En mi infancia y juventud nunca vi a nadie cercano dándole pecho a su bebé (o quizás no me fijaba porque no me interesaba). Mi madre siempre me contó que conmigo tuvo tanta leche que le era casi imposible salir de casa sin tener “accidentes”, es decir, derrames que empapaban su ropa y que la hacían regresar de inmediato a casa. Ahora sé que, al menos a mis tres hermanos menores, no les dio más que tres meses de lactancia porque era demasiado barullo (y mi madre era ama de casa).

Durante mi primer embarazo tuve la suerte de tener cerca de mí a un par de embarazadas muy aplicadas en su investigación sobre la maternidad; pregunté también a mis amigas con hijos y supe que, en mi caso de madre trabajadora, era indispensable un muy buen extractor eléctrico. Compré el de Medela. Tengo que decir que fue mejor producto “para bebés” que pude adquirir. Es compacto, rápido y discreto, podía meterlo conmigo a donde fuera porque no solo se conecta a la corriente eléctrica, también opera con baterías (compré unas recargables) y venía con su loncherita con un “enfriador” (no sé cómo llamarlo, es un recipiente de plástico cerrado, que contiene agua y se mete al congelador toda la noche para usarlo al día siguiente), 4 botellas para almacenaje y 2 biberoncitos divinos, con unos chupones muy adecuados para recién nacidos.

Unos días antes de dar a luz, una amiga que no tiene hijos me visitó y me regaló un mameluquito para mi bebé y unas pezoneras para mí. Me pareció el regalo más extraño del mundo, y ella, adelantándose a mi gesto reprimido de “¿por qué me estás regalando accesorios para las chichis?”, me explicó que una vecina suya le dijo que eso le había salvado la vida. Me pareció un gran detalle de su parte, pero la verdad no sabía si usaría “eso”. Otra amiga, que sí tiene hijos, me habló de unas conchitas para prevenir derrames del lado que no está tomando el bebé (porque ¡SÍ!, la leche se sale de los dos lados por igual) y también de unas iguales pero con agujeritos, que son para airear los pezones, aún con la ropa puesta. Una más me dijo que siempre hay que enjuagarse con pura agua y ventilar los pechos, además de aplicar una crema a base de lanolina. Todos estos consejos fueron para mí oro molido (jamás se me agrietaron, ni me sangraron los pezones).

Estaba más que preparada, ¿qué podría salir mal? Nació mi bebé. En el hospital le dieron fórmula porque según yo, no tenía leche. Unos días después de llegar a casa sentí que mis pechos estaban tan inflamados que reventarían. Quise pegarme a mi bebé, pero él no quería. Lo único que conocía era el biberón, sí, pero además, yo no tenía formados los pezones (y no es que yo esté deforme, es que para que un bebé pueda succionar, éstos deben ser bastante prominentes) y él no podía prenderse. Lo intenté muchas veces durante varios días obteniendo nada más que frustraciones, y si no me rendí fue porque mi adorado marido insistió muchísimo en que debíamos lograrlo. (En retrospectiva mi marido fue mi mejor coach, dándome ánimos con dulzura pero firmeza, en verdad no pude tener mejor motivador). De pronto me acordé de aquel extraño regalo que estaba guardado en el clóset. Saqué las pezoneras, las esterilicé y me las puse. Nunca olvidaré ese momento, fue como magia. Pocos días después dejamos las pezoneras, y con la ayuda de mi súper extractor, pudimos prolongar la lactancia hasta los 8 meses, a pesar de que lo dejé en la guardería a los tres meses para regresar al trabajo. Claudicamos porque se me fue la leche dos veces porque a él ya no le interesaba estar pegado a mí, pues en la guardería tomaba mi leche, pero del biberón. Yo feliz hubiera seguido sacándome la leche  en la oficina dos veces al día, pero hasta ahí llegó nuestra lactancia.

Con mi segundo bebé el inicio fue sencillísimo. Ya sabía que debía llevar el tiraleches esterilizado al hospital, y que debía llevar mis pezoneras. Me lo pude pegar desde el primer día, y en ese sentido todo fue miel sobre hojuelas. Ya no estaba trabajando, así que lo cargaba en un rebozo y le daba pecho en cualquier momento y en cualquier lugar.  En este caso el “problema” fue que yo no podía no estar con mi hijo las 24 horas del día. Y no que no hubiera querido, pero a veces hay que ir al ginecólogo, al dentista, o a algún otro lugar en donde no se puede llevar al bebé. Tratar de hacerlo en menos de 3 horas es demasiado angustiante. Por un lado, por el sufrimiento que pasará el bebé si no llegamos a tiempo, y por el otro, por el mal rato que tendrá quien lo esté cuidando. Es súper desesperante oír llorar a un recién nacido por hambre. Además, mi bebé no me dejaba dormir nada. Tomaba un poco, se dormía, y a la hora, hora y media, despertaba (y me despertaba) para pedir más. Para resolver el primer problema, a los 4 meses empecé a “entrenarlo” para que aprendiera a tomar biberón. Nunca había puesto más a prueba mi dedicación y constancia. El método que apliqué fue el siguiente: todos los días a las 11 am, le ofrecía el biberón antes de darle el pecho. Lo hacía tomando cierta distancia de él, poniéndolo en su sillita. Le insistía un par de minutos, y luego le daba el pecho. Después de un mes de intentos diarios, un día, de pronto, aceptó el biberón. Eso fue maravilloso, ya podía salir y dejarle mi leche para que se la dieran en botella, pero eso no resolvió el asunto de las noches. A los 11 meses empecé a sustituir una a una las tomas de pecho por biberón, dejando la de la noche al final. Para cuando cumplió el año, mi bebé ya no quería el pecho (el cambio me dolió más a mí que a él), y una vez más, aunque yo le hubiera dado otro año feliz de la vida, la falta de sueño me estaba enloqueciendo. Mi bebé todavía tardó unos seis meses en dormir toda la noche de corrido.

A pesar de todos los contratiempos de los que hago recuento, considero mis dos lactancias historias de éxito. No fueron nada sufridas, tuve suficiente producción de leche, y dentro de todo, ambas duraron más de seis meses. Sin embargo, tengo que reconocer que sin todo el apoyo y recomendaciones que recibí, seguramente no lo habría logrado. Podría ponerme a hablar de todo lo que hay que cambiar en la sociedad para que más mujeres lo logren, denunciar cómo se ve mal que una madre esté “despechugada” en un lugar público, cuando un escote en una señorita siempre es bien recibido, de cómo que hasta las empresas más importantes que tienen más del 80% de sus empleadas mujeres en edad reproductiva no proporcionan una sala de lactancia, que tener que dejar al bebé a los 45 días es una de las primeras causas de interrupción de la lactancia. También podría hablar de los grandes beneficios que trae la lactancia tanto para el bebé como para la mamá (¡la mejor manera de recuperar la figura!), pero creo que de eso ya se ha hablado mucho. Para que la lactancia materna sea algo más común en nuestro país (México está entre los países con índices más bajos de lactancia), las madres necesitan mucha información, apoyo y aliento. No es fácil hacerlo si no sabes ni por dónde empezar. Por eso escribo mis experiencias. No porque me guste hablar públicamente de mis pezones, si no porque así como todo lo que me dijeron me fue de muchísima utilidad, espero que lo que aquí escribo le sirva a alguien. Es mi granito de arena para promover la lactancia materna, sin olvidar mencionar, además, que alimentar a tu bebé es de las mejores sensaciones que se pueden tener en la vida como madre. Lactar es un gran acto de amor.