7 cosas sobre la maternidad que descubres siendo madre

7 cosas sobre la maternidad que descubres siendo madre

Poner la vela en forma de número 7 en el pastel de mi primogénito me impactó demasiado. Siete años es muchísimo tiempo. No en balde hay teorías de que la vida se mide en septenios, al final de cada cual entramos en «crisis» y salimos de ellas siendo otros.

Al final del primer septenio de vida, por ejemplo, empezamos a mudar la dentadura.

SIETE AÑOS. Y pareciera que fue ayer que me entregaron a ese bebé con el que no sabía qué hacer, al que no sabía cómo bañar, cambiarle un pañal, ni cómo darle el pecho.

A continuación las siete cosas que he aprendido en estos 7 años de maternidad.

1. Qué tipo de mamá serás, no lo decidirás tú

Solemos pensar que optar por ciertas prácticas de maternidad nos definirán como madres, pertenecientes a un grupo, representantes de un estilo. Así decidimos que lo mejor es un parto psicoprofiláctico, uno con bloqueo o una cesárea. Nos volvemos partidarias de dar el pecho o de usar un biberón. Adquirimos una cuna, o practicamos el colecho. Sin embargo, la vida, el destino y nuestros propios hijos harán que vayamos modificando estas decisiones y convirtiéndonos en una especie única de madre que hace una combinación extrañísima de cosas que le han funcionado, muchas de las cuales nunca nos hubiéramos imaginado hacer. Así que se vale informarse e intentar adoptar ciertas tendencias, pero la realidad es que terminaremos dando volantazos en el camino dependiendo de los «baches» que encontremos en en mismo, y eso también está bien.

2. La culpa no sirve de nada 

Nunca nada te hará sentir más culpa (y de manera tan frecuente) como la maternidad. Ésta puede detonarse por no seguir aquel plan perfecto que teníamos en un inicio (a propósito del primer punto), por realizar ciertas cosas con la mayor convicción del mundo o porque la vida nos sorprendió en situaciones que ni siquiera llegamos a imaginar. Sin embargo, sentir culpa no sirve de absolutamente nada. Es muy difícil deslindarse de ella (yo siete años después no lo logro), pero lo único que hay que pensar es que si hacemos todo por nuestros hijos con la mejor de las intenciones, entonces nada puede estar tan mal.

3. El vínculo se logra en los detalles más sutiles

Existe la idea romántica de que si somos mamás de tiempo completo, deberíamos estar jugando con ellos la mayor parte del tiempo. Y que si trabajamos, los momentos que estamos con ellos se supondrían de absoluta atención. Sin embargo la realidad es muy distinta y lo urgente siempre termina por ganarle a lo importante. Esto nos puede llevar fácilmente al punto no. 2 y sin embargo he descubierto algo: el atenderlos en sus necesidades básicas como es alimentarlos, procurarles higiene y cuidarlos de que no les sucedan accidentes, suelen ser los actos que más nos acercan a ellos. Por supuesto que hay que procurar varios momentos de «apapacho» a lo largo del día, pero como estar jugando todo el tiempo es prácticamente imposible, debes saber que los puedes insertar mientras cuidas de ellos. Al final, ése el más grande acto de amor, y que así lo percibirán.

4. Cada niño logra distintas cosas en diferentes momentos, y eso no los hace mejores ni peores

Es frecuente leer acerca de cuándo un bebé o un niño debe alcanzar los milestones (hitos de desarrollo) , o bien, verlo de manera concreta en un conocido de edad similar a la de nuestros hijos. Las comparaciones lamentablemente son inevitables (¡a la gente le fascina hacerlas!), y éstas se dan incluso entre hermanos. Existe un rango de «normalidad», mismo que suele ser muy amplio. Preocuparse o ejercer presión suele ser inútil y aunque muchas veces es difícil evitar la consternación, debemos darles tiempo y confiar en que en su debido momento ellos también lo lograrán. Además las capacidades se compensan de distintas maneras, así que el que es más rápido para caminar quizás se tarde más en hacer otras cosas. Por eso no tiene ningún caso comparar ni enaltecer situación alguna.

5. Nunca hay que obligarlos a comer 

Esto es un trauma personal, y es que de niña fui bastante tiquis miquis para comer. Me castigaban por no comer todo lo que me servían y lo único que lograron fue que yo no quisiera repetir esto nunca con mis hijos.  «De hambre no se va a morir», dicen las abuelas. Y no hay dicho más cierto. Lo único que hay que hacer es no darles chatarra, ni dulces, ni galletas, y cuando tengan hambre, comerán. Lo mismo para lo que no les gusta. Ofrecérselos hasta que los acepten, pero sin obligar. Forzarlos es contraproducente, así que ni se te ocurra. Y es muy importante siempre darles muchas opciones distintas. Esto hará que coman más y mejor. Se los digo yo, que mi hijo ultra selectivo para la comida, ahora devora como adolescente.

6. Aunque no quieras, tu mamá «saldrá de tu boca» más de una vez 

Aquellas frases o recursos que alucinaste de niña, aparecerán de manera inesperada en tu práctica de la maternidad. Esos tonos de voz tan especiales que utilizaba tu madre, se repetirán espontáneamente dejándote atónita de vez en cuando. No pasa nada. Lo importante es que lo hagas consciente y que lo vayas modificando, aunque a mi parecer eso es casi imposible.

7.  No importa cuántas veces te equivoques, ellos siempre te darán una oportunidad más

Los niños son tan maravillosos, que solamente tienes que aceptar que te equivocaste para que sea como que nunca pasó nada. Sin embargo, fíjate bien en la condición: hay que saber aceptar cuando nos equivocamos. Si lo hacemos así, ellos también aprenderán a hacerlo y a reconocer lo que está bien y lo que no. Y como me dijeron en el preescolar de mi hijo, si uno hace bien las cosas ahora, cuando sean adolescentes todo será mucho más sencillo.