Cuando Algo Anda Mal
De mamá a mamá: Cuando un segundo embarazo no prospera
Escribí esto aquí porque creo que todo lo que sucede nos enseña algo, o nos prepara para algo. Mientras descubro para qué me sirve a mí, lo comparto por si les sirve a ustedes, ya sea para consolar a alguien querido, o para tomar más positivamente sus circunstancias.
No sé cómo empezar. Voy a partir por el principio.
Mi hijo Nicolás ya tiene 1 año 5 meses, y desde que cumplió un año, ya estábamos en busca de un hermanito o hermanita. Mi cuerpo se toma su tiempo, así que calculábamos que por lo menos nos tomaría 5 meses, y así fue. La segunda semana de enero, me pareció que tenía más sueño de lo normal, y un dolor extraño en la espalda. El día 28 del ciclo me hice un test de farmacia, que salió negativo. En realidad no esperé hasta el final, pero me pareció que era suficientemente negativo. Mis ciclos son irregulares, y he tenido de hasta 35 días, así que no estimé que fuera concluyente. A los 3 días me hice otro, y, en los últimos segundos del plazo del test, apareció un fantasma de positivo.
Con mi marido estábamos muy felices. El pobre no entiende bien los tests, así que no estaba seguro del embarazo, pero estaba fascinado con la posibilidad. Después de la primera visita al ginecólogo, me indicó una ecografía. Nos la hicimos un viernes, y vimos perfecto el saco, el embrioncito, que ya tenía 7 semanas, y su corazón diminuto latiendo. El informe, eso sí, decía 5 a 6 semanas, y lo atribuimos a la irregularidad de mis ciclos. Cuando son tan pequeños, el rango de error es de unos 2 días, ya que en la etapa embrionaria del desarrollo sus tamaños son bastante uniformes y están bien estudiados.
Pero ese domingo, empecé a botar una secreción mucosa un poco sanguinolenta. Al principio lo atribuí a la “celebración” de nuestro aniversario de bodas de la noche anterior. Pero sabía que si era eso, debiera parar pronto. En la tarde, no había disminuido. Evité tomar a mi hijo en brazos, y hacer otras fuerzas, y finalmente llamé al doctor. Me dijo que me quedara en casa, que no fuera a trabajar por algunos días, hasta al menos haber pasado dos días sin secreción. Una amiga que había pasado por lo mismo, me dijo que guardara cama, y que no me preocupara mientras pareciera ser sangre seca, más café que roja.
El lunes y el martes fueron días terribles. A ratos no botaba nada, y empezaba a estar feliz, y luego perdía algo de sangre, no siempre muy café. Me sentía triste además porque no podía jugar con mi hijo, que me veía en casa, y quería estar conmigo, y yo no lo podía tomar en brazos o jugar con él. El segundo día lo mandé a la casa de mi mamá, para que yo no hiciera ningún esfuerzo. Me imaginaba teniendo un embarazo complicado, con mucho tiempo en cama, y sin poder disfrutar a Nicolás. Pasaba de la alegría esperanzada a la más profunda tristeza. Empecé a rezar pidiendo fuerzas. Fuerzas para el bebé, para que pudiera sobrevivir, o fuerzas para nosotros, para poder aceptar su partida. Me quedaba cada vez más claro que no estaba en manos de mi reposo, sino de Dios y la naturaleza.
Mi doctor dijo que al día siguiente me hiciera un examen de sangre de sub-unidad beta, para saber cómo andaban los niveles. Si el embrión se veía pequeño, y los niveles estaban bajos, se comprobaría que era un embarazo inviable. Ese día amanecía y había botado muy poca secreción. Toda la mañana estuve segura de que, con el nivel de actividad de ese día al ir hacerme el examen, y la poca sangre perdida, el embrión se había adherido bien al útero, y todo iba bien. Pero como a las tres de la tarde, empezó la hemorragia. Habíamos sufrido bastante los dos últimos días, y ya nos habíamos hecho la idea, con mi marido, de que esto podía pasar. Nos abrazamos, pero estábamos tranquilos. La fuerza por que tanto habíamos pedido nos había sido concedida. Lo tomamos con serenidad, con fe en que Dios y la naturaleza habían hecho lo mejor posible, y de que esto era lo mejor.
Cuando el resultado del examen de sangre llegó, efectivamente era más bajo de lo esperado. Mi doctor dijo que todavía nada era definitivo, y me citó en la clínica para hacerme una ecografía. Esta confirmó nuestras sospechas, y ya sólo quedaba hacer el legrado.
Esa noche la pasamos en la clínica con mi marido. Conversando sobre todo lo que nos había pasado. Agradeciendo las circunstancias que rodearon todo, que hicieron que fuera más soportable. Por una parte, ya había tenido un embarazo exitoso, con un hijo maravilloso, lo que nos evitaba la angustia de quizás no poder jamás tener bebés, como les puede pasar a las primerizas. Como yo no había sufrido ningún daño especial, vuelvo a quedar en iguales condiciones para un siguiente embarazo, con las mismas probabilidades que la población en general. La tortura de los tres días anteriores hizo que no fuera una gran sorpresa, y eso nos ayudó para recibir la noticia con resignación. Y el gran apoyo entre nosotros, y del resto de la familia y algunos amigos, también fue crucial para poder aceptarlo. Me aproblemaba el causarles mucha angustia a mis papás, suegros y abuelos, pero ellos, con la sabiduría de los años, nos brindaron su serenidad y consuelo.
Todavía estoy en reposo, pero ya queda poco para retomar mi vida normal. Ahora sólo falta explicarles al resto de los amigos que sabían del embarazo sin causarles demasiada angustia (algunas de ellas están embarazadas) que estamos bien, y más unidos que nunca como familia. Que estamos seguros de que nos dan su apoyo y simpatía, y que podemos hablar del tema, y así evitar silencios incómodos. Y que por favor nos disculpen si alguna vez cambiamos abruptamente de tema, les contestamos mal o les parecemos muy fríos… Pero es que hay días mejores que otros.
Valeria Yazigi vive junto a su marido e hijo en Santiago, Chile. Es ingeniero comercial y trabaja en un banco.
Si te gustaría enviarle un comentario a la autora de la columna o mandar una columna que hayas escrito a nuestra editora, escríbenos a editor@todobebe.com .











