Columna de la editora
La columna de la editora: El tiempo vuela
Mi hijo ya cumplió once meses. Impresionante. Gatea, dice mamá, grita “aló” cada vez que suena el teléfono y se para solito apoyado en lo que encuentre a su paso (muebles, rodillas de la mamá, su coche). También ya sufrió su primer golpe al explorar la casa. Y come solito su pollo cocido. En fin, ya estoy preparando su primer cumpleaños y me parece increíble que hace tan solo un año estaba embarazada y ansiosa de conocer su carita.
Confieso que las primeras semanas no se pasaron demasiado rápidas. Pero de un momento a otro, cerca del tercer mes, el tiempo empezó a volar y cada día implicó cosas asombrosas. Todavía me acuerdo cuando sonrió la primera vez, cuando se sentó sin apoyo, cuando se dio vuelta, cuando comió su primera papilla, cuando lo llevamos a la playa, cuando le brotó finalmente su primer diente, cuando dijo mamá y después papá. También recuerdo esa maravillosa noche de octubre cuando durmió por primera vez 6 horas de corrido y me desperté sobresaltada pensando que algo le había pasado.
Ser mamá es lo más maravilloso que me ha sucedido. Es un aprendizaje constante, agotador, pero tan lleno de recompensas. Atesoro cada momento junto a mi bebé. Y no dejo de aprender cosas de mí misma.
Sí, la maternidad no sólo te enseña cosas de los bebés, sino de ti misma como mujer y mamá. En mi caso, descubrí que puedo tener paciencia. Que mi intuición suele acertar. Que puedo estar agotada pero siempre encuentro las energías para levantarme y atender a mi bebé. Le he perdido el miedo al ridículo y he aprendido a que no me importe la opinión de los demás si es que estoy convencida de hacerle un bien al bebé (a palabras necias, oídos sordos). Y ya nunca más he dejado de pensar en cómo pueden afectar mis acciones a un ser tan indefenso e inocente como lo es mi bebé.
Algo chistoso es que yo nunca cantaba en voz alta por vergüenza (realmente como cantante me muero de hambre) y ahora canto todo el día; hago cualquier cosa por sacarle una sonrisa a mi hijo, porque siento que nada tiene importancia al lado de esa carcajada que me alegra la vida. Y sé que no soy la única. Con tal de hacer reír a nuestro Michael, mi esposo hasta se ha puesto los calcetines de nuestro bebé en sus orejas… en un restaurante lleno de gente.
Es verdad que mi cuerpo ya no es el mismo y que le dije adiós a la independencia en el instante en que di a luz. Que añoro dormir hasta tarde y que muchas veces siento que el tiempo no me alcanza. Que los fines de semana ahora giran en torno a la vida social de mi hijo. Pero poco me importan en realidad estas cosas. No cambio estos once meses por nada. Sólo quisiera detener a veces el tiempo y eternizar momentos como cuando mi bebé gatea hacia mí, sonriendo con sus siete dientes, diciendo “mamá”.











