Columna de la editora
La columna de la editora, 18: Liberémonos de las culpas
Toda mi vida he tenido una tendencia innata a sentirme culpable por algo. Cuando era chica, por no ser buena hija. De adolescente, por tener más comodidades que la mayoría de la población mundial. En la universidad, por no haber estudiado más. En fin, por suerte llegó un punto en que asumí que no podía pretender hacer todo lo que quería ni darle en el gusto a todos. Creí que esto era signo de madurez y que en vez de desperdiciar energías en culpas inútiles, el resto de mi vida me dedicaría a hacer las cosas lo mejor que pudiese y a disfrutar lo que lograse.
Obviamente, me equivoqué. No contaba con las múltiples presiones que enfrentaría al convertirme en mamá que se traducirían en múltiples sentimientos de culpa.
Culpable de estar cansada. Culpable de querer abandonar la lactancia (y por ende, me sentía mala madre). Culpable del llanto del bebé. Culpable de no hacerme tiempo para mi esposo. Culpable de volver al trabajo. Culpable de estar concentrada en mi hijo cuando debería concentrarme en la computadora.
Lo increíble es que no me pasa sólo a mí. Luego de conversar con muchas mujeres, me doy cuenta de que casi todas sentimos en algún momento que no logramos desempeñar nuestros múltiples roles de la manera que deberíamos.
Y lo más interesante es que nosotras mismas nos imponemos metas inalcanzables, porque es imposible dedicarse al bebé, trabajar, tener la casa impecable, hacer vida social y ser una esposa romántica. Algunos días nos concentraremos más en un aspecto, otro día en otros, lo importante es no descuidar las distintas facetas de nuestras vidas.
Ni hablemos de las culpas impuestas por nuestro entorno. Dependiendo de dónde vivimos, lo más probable es que el primer debate y cuestionamiento surja por la manera de alimentar a nuestro bebé.
“¿Cómo puede ser que no le hayas dado pecho?” le dicen a la que da fórmula, haciéndola sentir como mamá de segunda categoría.”Parece que tu leche no es buena, porque veo a tu hijo muerto de hambre” le dicen a la que da pecho. O de manera más sutil, le dicen: “¿De nuevo le vas a dar?”
Otros ejemplos notables de que nunca se puede complacer a los demás: “¿Estudiaste una profesión para dejar colgado el título en la pared?” le dicen a la que decide quedarse en casa para criar a sus hijos (algo que implica mucho trabajo, contrario a lo que piensan algunos). “Los hijos debieran ser criados por la madre” o “No sé qué haces en la calle todo el día cuando debieras estar cuidando a tu hijo” a la mamá que por necesidad económica o profesional regresa al mundo laboral.
Al final, creo que hay que asumir que no podemos ser una supermujer que logre hacer todo bien. Hay que aprender a relajarse, a valorar nuestros esfuerzos y a lograr que los comentarios de los demás nos resbalen. Pero más importante todavía, creo que la clave está en hacer las paces con nosotras mismas y entender que si estamos esforzándonos al máximo para que las cosas resulten lo mejor posible, eso es lo que vale. Especialmente si estamos compartiendo todo el amor que tenemos dentro de nosotras.











