Columna de la editora
El embarazo de la editora, parte 14: El día más maravilloso de mi vida
Creo que todas las embarazadas tienen ciertas ideas o fantasías sobre cómo será el parto. En mi caso, traté de no hablar mucho sobre el tema con otras mujeres porque me dije a mí misma una frase que he aplicado en varios momentos de mi vida: “Quien nada sabe, nada teme”.
La verdad es que nunca pensé que mi parto sería programado. Siempre creí que se me rompería la fuente y de ahí iría al hospital. La realidad fue muy distinta.
Cuando fui a mi control de las 37 semanas, ya llevaba casi dos meses con contracciones. La hinchazón (o edema) cada vez era más impresionante y me costaba hasta caminar. Mi médico me sugirió evaluar una inducción del parto a partir de la semana 38. Al principio me pareció una locura, para qué, mejor esperar… en fin, me asustaba también pensar en lo que implicaba. ¿Acaso la madre naturaleza no es lo suficientemente sabia como para hacer venir a mi bebé al mundo si mi cuerpo ya no puede más?
De sólo pensar en que iba a programar el parto como que una parte de mí sentía que estaba tomando el camino “fácil”, ya que no hay nada más “cómodo” que saber que en tal día vas a ir al hospital a tener a tu bebé. Sin embargo, me tomé varios días para pensar y me di cuenta de que no era un asunto de comodidad, sino de salud. Mi esposo, tan comprensivo como siempre, me dijo que siguiera mis instintos y que me apoyaba en lo que decidiera.
Los pros y contras me daban vueltas en la cabeza día y noche, especialmente porque ya no podía dormir. Entre las levantadas para ir al baño, más la acidez, más el dolor de ligamentos y las molestias por los pies hinchados, si lograba dormir 3 horas seguidas era un milagro. ¿Qué pasaría si mi presión arterial comenzaba a subir y al final ponía en riesgo no sólo al niño sino mi salud también?
Finalmente, decidimos inducir el parto a las 38 semanas y media. La noche anterior estuve tan tranquila que hasta yo me sorprendí. Estaba tan feliz de que finalmente iba a conocer a mi hijo que creo que no me permití sentir nervios. Nos levantamos con mi esposo y mi mamá mucho antes de que amaneciera para llegar al hospital a las 7:15 AM.
De ahí, nos llevaron a la habitación especial para dar a luz. Luego de los exámenes de rigor (sangre, temperatura y presión), me colocaron la línea intravenosa y esperamos que llegara el médico. Me revisó, determinó que estaba con 3 centímetros de dilatación y recetó oxitocina (Pitocin) para aumentar las contracciones que yo ya tenía. El chequeo me dolió un poco, pero fue más que nada porque mi doctor quería separar las membranas para ver si eso hacía que se me rompiera espontáneamente la fuente de agua.
A las 9:30 me empezaron a dar el Pitocin. Pensé que las contracciones con ese remedio serían insoportables, pero no, eran muy similares a las que yo ya había tenido durante tantas semanas. Llegaron familiares y amigos para acompañarnos y hasta la pasé muy bien. Tenía mucha hambre (pero no podía comer nada) y todos nos reíamos porque yo nunca tengo hambre en las mañanas.
Las contracciones cada vez eran más seguidas pero todavía lograba aguantarlas. No podía creer que llevaba varias horas con contracciones fuertes y que todavía sentía que no necesitaba de la epidural. Estaba muy tranquila… hasta que llegó mi doctor a chequearme y reventar la fuente con una especie de palillo de crochet. ¡Salió tanto líquido amniótico que hasta el médico se sorprendió! Lo bueno es que no me dolió como pensaba, más que nada fue la presión por la cantidad de líquido que salía.
Desde ese momento, la situación cambió rápidamente. El dolor por las contracciones cada vez era más fuerte y me quitaba la respiración. Como ya estaba de 5 centímetros de dilatación, decidí que era momento de solicitar la epidural, ya que no te la colocan de inmediato. Primero te tienen que dar una bolsa entera de suero y de ahí recién viene el médico o la enfermera anestesista a colocarte la anestesia.
Cuando llegó el doctor e hicieron que mi marido saliera del cuarto, me largué a llorar. ¡Me puse tan nerviosa! Por suerte la enfermera me sujetaba la mano y me calmó. La verdad es que no me dolió para nada, pero sí sentí una leve y breve descarga eléctrica en la pierna izquierda. Poco a poco empecé a sentir las piernas dormidas y ya no sentía los fuertes dolores de las contracciones.
Debo admitir que la sensación de tener la mitad de tu cuerpo dormido no me gustó para nada… hasta que se me fue el efecto de la epidural en la pierna izquierda y sentía las contracciones en el costado izquierdo. ¡Rápidamente pedí que vinieran a colocarme un refuerzo de la anestesia!
Cercano a las 6 de la tarde, pedí que me revisaran y aunque no estaba en 10 de dilatación todavía, la cabeza de mi hijo ya estaba muy abajo. A los pocos minutos llegó mi doctor, cantando “Mamá, yo quiero” y echaron a todos de mi habitación. En ese momento me di cuenta de que ya faltaba poco, pero era la parte más dura.
En cosa de segundos me puse a dudar si acaso sería capaz de pujar lo suficiente. No sabía si lo estaba haciendo bien, cuando el doctor le comenta a mi marido que mirara la cabeza de su hijo. Me largué a llorar de la emoción y de ahí tomé fuerzas para seguir empujando hasta que salió completa su cabeza. ¡Su carita era idéntica a la de su papá!
Le limpiaron las mucosidades y el doctor nos hizo una propuesta que no podíamos rechazar: terminar de sacar al bebé. Mi esposo colocó una mano debajo de una axila del niño y yo puse mi mano debajo de la otra y lo sacamos y pusimos sobre mi pecho. ¡Qué emoción más indescriptible cuando lo escuchamos llorar!
Saludé a mi hijo y le di un besito en su cabeza, que todavía tenía vérnix (una sustancia que cubre el cuerpecito de los bebés en el vientre materno). Mi marido entonces cortó el cordón umbilical y nos besamos, con lágrimas en los ojos y una tremenda alegría en el corazón: Michael finalmente había llegado a nuestras vidas para hacernos una familia.











